Referente histórico de la Terapia y Educación Asistida con Animales (T.E.A.A.)

Los estudios más remotos y rigurosos datan de unos 30.000 años atrás cuando el ya homo sapiens domesticaba animales. Ha existido pues, desde siempre, una relación más allá de la de supervivencia, entre determinados animales y los seres humanos. Existe la domesticación de animales desde que el hombre pasó de nómada cazador a sedentario agrícola. Podemos deducir de ello, que la relación ser humano/animal, data desde el principio de los tiempos cuando el hombre es considerado homo sapiens y, por tanto, como prueba de que es algo natural e idiosincrásico en él.


Según el erudito en el tema James A. Serpell, la prueba más antigua que disponemos de la tenencia de animales que nos proveían de compañía, son unos restos funerarios de unos 12.000 años de antigüedad que se descubrieron en Ain Mallaha, en el norte de Israel, consistente en el esqueleto de una mujer enterrada en posición fetal y en cuya mano derecha reposaban los huesos del esqueleto de un cachorro de unos 3 ó 4 meses. Los arqueólogos que lo encontraron en el yacimiento, sostienen que este tipo de entierro, denotaba un estrecho vínculo afectivo entre los dos individuos cuando estaban vivos, basándose dicha deducción en la manera en que estaban colocados ambos cuerpos enterrados.


Se puede constatar además, a través de representaciones en antiguos frescos y grabados, que se han tenido animales de compañía desde una época muy temprana y en todas las culturas que hoy conocemos. Es por tanto que hay que recalcar, que no se trata de un fenómeno occidental y reciente, sino que es un hecho que ha ocurrido y se ha extendido desde los orígenes de la humanidad. Podemos reforzar esta constatación con el hecho de la aparición del perro guía como lazarillo de personas invidentes, cuyo uso se remonta a la antigüedad. En China aparece reflejado en la pintura “Primavera en amarillo” (1250 a.C.) y en Pompeya en una imagen similar.


Se tienen conocimientos de que ya en la época clásica, los griegos, entre ellos Hipócrates, utilizaban los caballos para dar largos paseos a personas con problemas y enfermedades incurables, pudiéndose constatar que mejoraba su autoestima y que se relajaban mucho más que con cualquier otro tratamiento más convencional o tradicional de aquella época.


Por otro lado, la enorme cantidad de literatura científica y no científica que existe sobre los beneficios psíquicos y físicos que los animales ofrecen a los seres humanos, son innumerables; abarcan tanto aspectos emocionales como intelectuales, conductuales y sociales.


 

La hipótesis de la biofilia, o sea, el reconocimiento de que la tendencia a interesarnos por otros seres vivos ha constituido un valor de supervivencia para la evolución de la especie humana, implica que lo natural puede atraer nuestra atención, dirigirla al exterior y hacer que nos relajemos (Katcher, 1993). La demostración de Ulrich de la influencia de la contemplación de los árboles en la reducción del dolor de pacientes hospitalizados y los estudios del efecto de los acuarios en la reducción de la ansiedad de los pacientes de una clínica dental, son ejemplos del valor clínico de este tipo de relajación.


Los animales, por su propia naturaleza, rompen unas barreras psicológicas que el ser humano ha construido y en este sentido, conectan por ello muy bien con los niños y niñas que todavía no han llegado a levantarlas. Con los animales, sobre todo domésticos, nos permitimos demostrar nuestros sentimientos y no nos da vergüenza manifestar nuestra afectividad incluso físicamente. Además, nos ayudan a asumir como temas naturales algunos tabúes de nuestra sociedad, como por ejemplo la muerte o el sexo.


En el urbanismo inatajable en las cada vez más grandes ciudades, los animales nos proporcionan fundamentalmente un contacto con nuestra naturaleza salvaje de animal ancestral y con la naturaleza en general, lo que es absolutamente imprescindible para una aceptación del sí mismo en la totalidad. Cuando se define el papel de los animales de compañía, surgen parámetros y conceptos de índole psicológica: compañía, afecto, solidaridad, responsabilidad, consuelo, alivio, catalizador social, lubricante familiar, agradecimiento, amor...pero además los animales pueden ayudarnos a encontrar orígenes perdidos que reconocemos en ellos y que podemos incluso traducir a nuestro lenguaje, como es: territorialidad, jerarquía, reproducción, instinto, nacimiento, muerte, vida… Los animales pueden ser un excelente filón para el mejoramiento de las relaciones familiares, educativas, sociales y laborales.


Los animales no emiten juicios de valor, no son capaces de interpretar dobles sentidos, ni actitudes cínicas ni hipócritas. Ellos representan la inocencia de la naturaleza y la maravilla de la creación en seres latientes con necesidades. A diferencia de las personas, con quienes nuestras interacciones pueden ser complejas e impredecibles, los animales proporcionan una fuente de sosiego y un foco de atención que hacen que nos sintamos seguros y aceptados incondicionalmente. Para los grupos de personas desfavorecidas que se sienten vulnerables a causa de sus circunstancias o de sus condiciones físicas y/o emocionales, esta aceptación plena es clave. ¡Los animales no juzgan!


Está suficientemente demostrada la capacidad terapéutica y promocionadora facilitada con los animales. Lynn Anderson ya la postulaba como “una potente forma de terapia inalcanzable por otros medios” que en el estilo de vida occidental y urbana podía servir como promoción general del bienestar humano.


Los primeros informes que hablan claramente del uso de animales de compañía con fines terapéuticos, datan del año 1792 y fue en un asilo de York fundado en Inglaterra, dónde se utilizaba a los perros como modificadores positivos del comportamiento de los ancianos allí residentes. El centro proporcionaba conejos, gallinas y otros animales de granja quedando patente la notable mejoría que experimentaron los ancianos que pudieron disfrutar de un entorno más humano y reforzante gracias a los animales.


Más tarde, en 1867 Bethel, institución situada en Bielefield, Alemania, inicia la terapia múltiple aplicándola a sus enfermos epilépticos y extendiéndola posteriormente a otras patologías. Bethel también incorporó animales de granja y un parque natural para animales salvajes, además de animales de compañía habituales y un programa ecuestre clasificado de mucho éxito.


La primera T.A.A. documentada se dio en 1944, en el Hospital para Convalecientes de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas, Pawiling en New York, dónde un teniente con una herida muy grave en una pierna que tenía que permanecer internado durante bastante tiempo, comunicó al hospital su deseo de tener un perro como animal de compañía. La dirección del hospital accedió y le entregaron un cachorro de pastor alemán llamado Fitz. Fue tan rotundo el éxito de esta experiencia, que se produjo una máxima avalancha de peticiones de más animales de compañía entre el resto de los oficiales y soldados del centro. Subsiguientemente y bajo el patrocinio de la Cruz Roja americana, se introdujeron también animales de granja, pequeños anfibios y reptiles de los bosques cercanos, como una distracción de los intensos programas terapéuticos a los que eran sometidos los aviadores, contribuyendo de este modo, en la recuperación de sus secuelas físicas y psicológicas de la guerra, un refuerzo efectivo en su proceso rehabilitador que resultó de un gran éxito.


Más tarde, el Dr. Samuel B. Ross fundó en 1947, un centro en las cercanías de Nueva York, Green Chimneys, convertida a día de hoy, en la institución mundial más prestigiosa de las dedicadas a la reeducación infantil y juvenil mediante actividades y terapias asistidas por animales, dónde se enseña a los jóvenes con discapacidad intelectual y problemas emocionales, a montar a caballo, a cuidar animales, a practicar jardinería y a cultivar. Es una granja en la que todos los chicos se involucran en el cuidado de los animales y que ha conseguido resultados espectaculares en trastornos del comportamiento.


El término «animal-terapia» o Terapia Asistida por Animales (T.A.A.) fue acuñado en 1953 por el psiquiatra infantil norteamericano Dr. Boris M. Levinson. Por aquel entonces llevaba el caso de un niño, Johnny, que mostraba síntomas de retraimiento creciente. En una de las visitas en las que el pequeño acompañado de su madre acudió a casa del médico muy alterado, su perro llamado Jingles salió hasta la puerta y cuando el Dr. Levinson la abrió, el perro se abalanzó sobre el niño para lamerle. Entonces el doctor observó sorprendido que Johnny, lejos de asustarse, reaccionó a las caricias del animal abrazándole y prestándole toda su atención. Hasta entonces Johnny no había respondido con éxito a ningún tratamiento, de manera que cuando la mujer intentó separarles, el Dr. Levinson le pidió que los dejara y ahí comenzaron una serie de sesiones en las que Johnny y Jingles jugaban ajenos a todo lo demás mientras el médico solía hacerle preguntas al niño que éste respondía coherentemente y aunque pareciera absorto con el perro, comenzó a incluir al co-terapeuta en los juegos, lo que propició una compenetración que permitió que el Dr. Levinson accediera al pequeño y resolviera sus problemas. La mejoría que experimentó este paciente, sólo es un caso más que demuestra la eficacia de las terapias asistidas con animales. Posteriormente muchos psiquiatras y psicólogos infantiles, le confesaron al Dr. Levinson que ellos habían vivido experiencias similares con animales de compañía y varios centros de terapia infantil se ofrecieron a cooperar en investigaciones.


En el año 1966, Erling Stordahl fundó el centro Beitostolen, en Noruega, para la rehabilitación de invidentes y otros discapacitados. Los perros y los caballos intervinieron en un programa para animar a los pacientes a hacer ejercicio. Consiguiendo con ello, que muchos de ellos aprendieran a esquiar, montar a caballo y a disfrutar de una vida más normalizada, que incluyera cierta actividad deportiva.


En la década de 1970, Sam y Elisabeth Corson, continúan los trabajos de interacción de jóvenes con animales de compañía, desde el hospital de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU), señalando que los perros actuaban como catalizadores sociales, a raíz de observar como el juego se iniciaba tras el ladrido del perro como petición a ello, contribuyendo a mejorar el comportamiento introvertido de los niños, forjándose con ello, una conexión positiva entre paciente y médico. Cuarenta y siete de los cincuenta participantes mejoraron, y finalmente muchos pudieron abandonar el hospital. Los Corson expandieron su trabajo en la Clínica Castle en Millersburg, Ohio, y obtuvieron resultados similares. La interacción con los animales promovió la autoconfianza e incrementó de la responsabilidad entre los pacientes, la mayoría de los cuales habían estado prácticamente desmotivados.

Desde entonces, los co-terapeutas animales han ayudado, entre otros, a enfermos crónicos, niñ@s autistas, pacientes hospitalizados, personas con enfermedades en fase terminal, discapacitados, internos de centros penitenciarios, niñ@s y adolescentes marginados… siendo los animales más eficaces, con distintas indicaciones y objetivos, perros, gatos, caballos y pájaros. En el caso concreto de niñ@s en rehabilitación física, los animales pueden servir de gran estímulo, al hacerlos participar en las diferentes actividades terapéuticas. Como por ejemplo, en aplicaciones de psicomotricidad, animándolos a que estiren el brazo para fortalecer su masa muscular, mediante acciones como cepillar, poner collar y cadenas de paseo o dar de comer al animal. El niñ@ se siente más motivado y estimulado precipitándose así una aceleración de su mejoría.


Hay que puntualizar y es de sobra es conocido, que la atención temprana es vital para que muchas capacidades o habilidades se desarrollen o que se desarrollen en su máximo potencial. Cuanto antes se empieza a tratar a un niñ@ con autismo, mayor serán las expectativas de mejora y de cambio terapéutico con esta terapéutica asociada (T.E.A.A.), que muchas veces, el cambio en este tipo de personas y en otras patologías sería más lento y costoso. Se trata por tanto, de encontrar terapias coadyuvantes o de reforzar las ya conocidas en la investigación (Fine, 2003).

 

Decididamente, las terapias asistidas con animales mejoran la calidad de vida de las niñ@s con discapacidad. Estos tratamientos les permiten ganar confianza y autoestima, estimulándose positivamente al percibir esa aceptación incondicional que les ofrecen los animales.