Terfel y Pwditat
Terfel y Pwditat

Un buen día, el destino tenía trazado como bello plan, que el camino de una galesa jubilada de 57 años, llamada Judy Godfrey-Brown, se cruzará con el de un pertrechado y esquelético gato vagabundo.

 

Judy, ante la visión de aquel pobre lamento en forma de gato, se compadeció tanto, que sin pensárselo ni un solo segundo, se inclinó y lo agarró entre sus manos con sumo cuidado a la par que tomaba la sencilla y piadosa decisión de que los penosos días ya habían acabado para él. El achacado gato, pasaría desde aquel mismo instante, a formar parte de su humilde familia, que la componía solamente su fiel y ciego perro Terfel.

 

Mientras Judy caminaba hacia su casa con el nuevo inquilino acurrucado entre sus brazos, pensaba en cómo sería el encuentro entre su perro ya de 8 años y aquel gato también adulto acabado de recoger. Imaginó, que probablemente y dando por cierto el famoso dicho de “se llevan como el perro y el gato”, habría problemas de adaptación y quizás de tipos irresolubles.

 

Aun así, su decisión ya estaba firmemente tomada. La mirada tierna y de socorro que le había lanzado aquel desdichado gato, le había traspasado su corazón, la había conquistado para siempre.

 

Sorprendentemente y ante el miedo inicial de Judy a que alguno pudiera resultar herido durante el encuentro inicial, ocurrió no solo lo contrario, sino también un inesperado y precioso milagro. Después de algunos pequeños olisqueos entre ellos, Pwditat, nombre con el que acababa de ser bautizado el gato, empezó a empujar suavemente con sus patas delanteras a Terfel, consiguiendo con tal gesto, no sólo hacerlo salir de su canasta, sino que también lo ayudó guiándole y acompañándole hacia el jardín que acababa de cruzar junto a su recién estrenada dueña.

 

Mientras Judy observaba perpleja y con deleite, tan sorprendente, como grato comportamiento entre ambos. La única conclusión a la que pudo llegar fue, que algún sexto sentido animal tuvo que ser el detonante de aquello tan hermoso que estaba ocurriendo ante sus casi incrédulos ojos.


Terfel se había quedado ciego no hacía mucho debido a la aparición de unas cataratas que se habían encargado de crear dos velos blancos en sus respectivos ojos. Relata Judy, que desde aquel mismo instante ya no se han separado nunca. Ambos son viajeros de los mismos caminos y cuerpos dormitantes del mismo lecho. Compañeros ya de vida y de alma.

 

Judy, conmovida y como siempre relata, cree firmemente, que quizás esa fue la más bella y única manera que encontró el gato de agradecerle su gesto de amor hacia él.

Escrito por: Mariluz Clavería Lastra